Crónica sabrosa de una caminata a la nostalgia III

Bueno, como no hay primera sin segunda, ni segunda sin tercera y, así hasta el infinito, esta saga continúa. Antes de reiniciar la marcha, le preguntamos al dueño del bistro este por dónde podíamos tomar la rivera del río, para que caminando alcanzáramos Santa Rosa de Paye, nada menos!! Subiendo por el primer tramo empezamos a calentar motores y a medir habilidades. Eso de saltar de piedra en piedra es fácil para un chiquillo de 15 pero, pasados los 40 es tarea que requiere mucha maña. Gracias a Dios todavía conservo en el disco duro de mi memoria un manual de cómo hacer piruetas en el río sin torcerte o mojarte las patas. Ahí vamos...avanzamos unos 100 metros y nos topamos con unos carrizales que se mostraban infranqueables.

Marcha atrás y a ejecutar maniobra circunvalar. Otra vez en la rivera, ya más despejada. Arriba, abajo, al lado para el otro, el calor arreciaba pero estaba divertido, hasta que crock! algo sonó en mi pie derecho, una torcedura, pero aguantable...- no estoy tan mal sigo con los huesos duros después de todo – me dije. Autocompasión se le llama a este tipo de comentarios proferidos por personas que empiezan a echar tonos grises sobre sus cabezas. Dino y Miguel me llevaban la delantera, no estaba apurado, me entretenía pensando y recordando miles de anécdotas vividas por esos lugares,

cuando de pronto, sonó mi celular, carajo! me están llamando los marcianos que aparecían por aquí a mediados del año 79! E.T. quiere hacer contacto! (para esto, mi celular no tuvo señal durante toda la excursión). Un milagro...era Pancho Román (no E.T.) que “phone home”. Explicarle dónde estábamos iba a requerir coordenadas y un GPS, así que le dije que nos ubicara en un recreo por donde habíamos entrado al río. Hey! muchanchos! de vuelta al inicio, es Pancho que está en camino. De regreso, otro E.T. me llama. Era Juan Pablo Rivero, para preguntar por nuestra ubicación y para decirnos que el doctor Xylocaína (JodeJode) y Carlos Ormeño se iban a unir a la mancha. Por trabajo, Juan Pablo no llegaba. Nos sentamos en una mesita de picnic “carioca”, tenía su truco; si le quitabas peso de un lado, el que estaba sentado en el otro extremo se iba directo al piso...casi le pasa a Miguel o a Dino, pero nos hizo reir la experiencia. Pedimos un par de chelas mientras esperábamos a los marcianos. Por la demora en traérnoslas (quizás no tenía las cervezas heladitas), yo alucinaba que la chiquita se iba a pie a Chosica, compraba las “talcris” (está al vesre) heladas y se regresaba a pie a Santa Eulalia. A mitad de camino, por el calor, se daba cuenta que se le habían calentado y volvía para cambiarlas y, así sucesivamente...por los siglos de los siglos. Jajaja! Ya estaba delirando. Al fin llegaron las cuzqueñas (no de carne y hueso...una pena!) para refrescarnos. Dino sacó unas galletas Oreo y Margaritas, dizque lo transportan al pasado. Otra conversación culta, esta vez, sobre galletas del pasado: coronitas, criollitas, charada, crisp y otras tantas. Yo me acordaba que, más que por las galletas yo moría por las yuquitas fritas (de masa) que vendía un señor en la recta de Chambi, en el mercado de Chosica. Terminábamos de empujarnos con fruición las galletas que sacó Dino cuando se apareció Pancho Román. Saludos y abrazos. Al rato, cayeron José y Carlos y más chelas. Nos involucramos en las eternas discusiones sobre qué hacer y cómo para la celebración de las Bodas de Plata. Punto positivo: abrir una cuenta de ahorros para hacer el depósito de la cuota (S/.50.00) para lo básico. Como el hambre ya apretaba los estómagos nos dirigimos a la Olla de Barro (antes, Pancho ya se había despedido, tenía que hacer). Mala atención, así que cancelamos la orden y José nos llevó a su “restorán” El Paraíso.

Tremenda pachamanca! Estuvo de lujo, muy rica. Durante el atracón, le hacíamos preguntas a Dino sobre las costumbres germanas y él nos contaba. Siempre, al lado del río. Al hablarnos de las alemanas, contribuyó sin querer, a abrirnos más el apetito, así que yo casi me como la cestita donde venía la pachamanca. El almuerzo terminó y, la pregunta obligada, Quién corre con la cuenta? yo lo sigo...jajajaja! pagamos y la retirada. Gracias José por el dato del lugar. En la plazoleta, aún había carro, Miguel respiró aliviado. Mientras, yo compraba un par de tumbos que devoré al toque. Nos despedimos de Carlos y de José. Admiramos una vez más el bello edificio municipal, mientras Miguel le ofrecía al distinguido público que se encontraba en el lugar un “strip-tease” gratuito con poto peludo y todo. Eso se llama concha para cambiarse. Un día que empezó con risas y acabó mejor aún. Y como todo tiene un término, un final, esta crónica también. Gracias amigos!! desde el fondo de mi corazón. Dicen que añorar es volver a vivir. Esta caminata vivirá en mí para siempre. Dedicada a los amigos y compañeros que ya no nos pueden acompañar: Julio Chávez y Clodomiro Pérez.










